¿Nunca has sentido que amas a algo? Es decir, que hay algo que se te da muy bien hacer pero no sabes que pensarán los demás. Pues eso me pasa a mí, adoro la música y el arte. Tocó el piano, cantó, bailó y dibujo. Yo creía que no era muy buena en eso, pero me seguía gustando mucho, hasta que un día, nuestro profesor del coro de la Iglesia (a donde yo iba a cantar) me dijo que tenía talento, que cantaba muy bien. Sonreí.
Otro día, mi profesora de piano me dijo que estaba haciendo grandes progresos y que dentro de unos años podría ir al conservatorio.
Mi anterior profesora de baile, me dijo que yo baila para eso. Que nunca dejara de bailar porque no había muchas personas con ese talento.
Finalmente, mi profesora de plástica en el instituto me llevo a mí y a mi clase al Museo Thyssen, donde había los mejores cuadros recopilados por aquella familia. A mi me fascinaba todo eso, tantos colores, tantos momentos, tantos rostros, tantos sueños... Entonces, me paré frente a un cuadro en la sección de Arte Moderno, tuve que hacer un trabajo sobre ese cuadro para la asignatura, no paraba de apuntar cosas sobre él, los colores, lo que quería transmitir... Mis compañeras apenas escribían, y yo no paraba de hacerlo.
Al final, nuestra profesora nos puso un sobresaliente, ¿genial, verdad? Pero lo mejor de todo no fue eso, me cogió a solas y me dijo: He tenido suerte de tenerte como alumna, no cambies y espero que en estos años de instituto te lo pases muy bien. El problema era que este año no podía dar plástica sino música, pero como he dicho antes, me gusta la música. Es mi pasión. Todo irá bien, espero.


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